Se cuenta –pero Alá es más sabio, más prudente y más grande– que en los tiempos del califa Haroun Al Rashid en la ciudad de Bagdad había dos hermanos muy unidos. Una tarde, caminaban cerca de un oasis cuando uno divisó una paloma cuyo plumaje le pareció maravilloso.
“Anda, querido hermano” dijo “compitamos para ver quien tiene más puntería matando a aquella hermosa paloma con estas piedras que ves junto a nosotros”. Su hermano, ansioso, tomó primero la roca que mejor le pareció para acometer tal tarea. Una vez que ambos tuvieron la piedra que consideraron la que golpearía al ave, decidieron tirarle a la cuenta de tres. Ambos arrojaron cada uno su piedra, sin que ninguno tuviera suerte.
Unos minutos más tarde, se presentó ante ellos una mujer ricamente vestida y adornada con joyas y alhajas de todo tipo llorando desconsoladamente y repitiendo juramentos contra los hermanos. Desconcertados, preguntaron a la extraña cuál era el problema que la aquejaba.
“¡Malditos! ¡En hora buena Alá misericordioso les haga el doble de males que ustedes me han hecho a mí!” dijo la mujer entre sollozos.
Ninguno de los dos pudo entender a qué venía ese deseo tan grave y volvieron a preguntarle qué le pasaba.
“Ustedes acaban de matar a mi marido. ¡Pobre! Él, que siempre colmó mis deseos, acaba de morir por vuestra mano.”
Nuevamente no concibieron haber hecho tal cosa y preguntaron a la mujer quién era y cómo decía que había ocurrido tan nefasto suceso.
“Mi nombre es Afifa y soy hija de Alia y Fouad Ibn Almir, ambos nobles de la corte de Bagdad. Mi niñez fue feliz hasta que en un viaje a Siria, pues mi padre era Embajador, perdí a ambos padres luego de que un grupo de bandidos atacara la caravana y los matara cuando intentaron defenderme. Los bandidos, sin apiadarse de mí, me vendieron como esclava a un viejo que me llevó a Siria, donde estaba su hogar. Allí quiso abusar de mí, pero Alá, que es grande y lleno de misericordia, quiso que en el tálamo donde iba a suceder aquello estuviera descansando el efrit Dim, nieto de Dunn, hijo de Soleiman, señor de los efrits. Éste me vio y se enamoró perdidamente de mí, y, al escucharme sollozar, me preguntó cuál era mi problema. A lo que respondí que el anciano, mi amo, quería obligarme a perder mi pureza. Enojado, el terrible efrit espantó al viejo y me pidió casarme con él en ese momento. Así lo hice, y mi vida desde ese momento no fue más que felicidad. Dim satisfizo siempre mis deseos de sobra y nunca me pidió que le entregara mi pureza, aún cuando yo descubrí tempranamente que ése era un deseo que lo atormentaba. Un día, no hace mucho más de un mes, le dije ‘Oh, amado Dim, tengo un deseo diferente a todos los que he tenido hasta ahora. Deseo venganza, deseo ir a buscar a aquel viejo que quiso robarme mi pureza y que le quites la vida.’
“Él, asintiendo, me dijo ‘Considera tu pedido un hecho, amada mía, pero a cambio, en cuanto aquel anciano deje de vivir, te entregarás a mí.’
“Sin pensarlo, asentí, y en un abrir y cerrar de ojos, estábamos los dos en Bagdad, donde se ubicaba la nueva casa del viejo. Encontrarlo y matarlo no fue un problema para mi querido Dim, e inmediatamente me pidió que cumpliera con mi parte del acuerdo. ‘En este momento no, pues deseo que me prepares una cena abundante ya que tengo hambre. Busquemos juntos los ingredientes y a la noche tal vez puedas tenerme’ dije.
“Contrariado pero esperanzado, Dim asintió y fuimos obteniendo uno a uno los ingredientes más extraños que se me fueron ocurriendo. Le pedí huevos de Roc, las oscuras frutas de un árbol que solo se encuentran en las tierras del norte, carne de muslo de grifo y pechuga de la paloma que ustedes acaban de ver. A esa paloma sólo se la encuentra en las tierras del Gran Khan, y es muy raro que emigre hacia estas zonas en el invierno. Mi amado Dim estaba a punto de atraparla cuando ustedes dos arrojaron dos piedras. Una le pegó en la cien, la otra le destrozó la nariz. ¡Malditos! Ahora soy infeliz, pues no tengo ni cena ni marido.” Así dijo, y ambos hermanos quedaron asombrados. Y se volvió a dirigir a ellos: “Ahora requiero una compensación. Puede decirse que cualquiera de los dos tomó la vida de mi marido, de modo que demando que uno de los dos lo reemplace.”
Ambos hermanos se miraron entristecidos, pues se querían mucho y eso hubiera implicado una separación. Entonces el mayor habló: “Lo haré yo” dijo mirando al otro “pues la verdad es que no soy tu hermano”. Las lágrimas inundaron sus ojos, y el flamante extraño comenzó a contar su historia: “Mi nombre no importa, tal vez el nombre más oportuno para mí sea Alguien. A la edad de quince años dejé mi casa en busca de aventuras. Éstas me llevaron a una ciudad cerca de Egipto. Allí conocí a una mujer y me enamoré perdidamente. Nuestro amor fue intenso, hasta que descubrí que me estaba cansando de ella. Entonces empecé a encontrarle sustitutas. El altísimo quiso que ella se enterara, ya porque se lo contaron sus amigas, ya porque se lo dijo algún ave, pues ella entendía su idioma.
“Enterada de esto, decidió tomar venganza y convertirme en perro, pues era una bruja muy celosa. Mi vida fue una miseria por unos meses. Hasta que un día encontré muerto al verdadero hermano de éste que está a mi lado. Supuse que la suerte (o Alá) me estaba sonriendo. Espanté al lobo que lo había asesinado, escondí el cuerpo y esperé, deseando algo inesperado. Un día, cansado, exclamé ‘Ojalá pudiera volver a ser hombre y tomar el lugar de este niño, para que su familia no sufra su pérdida’. Un buen efrit que se escondía en mi cueva me concedió mi deseo y me devolvió la forma humana, diciéndome: ‘Alá ha visto en ti buenas intenciones. Regresa a la casa de la familia de este desgraciado y consuela a su hermano, que está muy apenado por su extravío.’
“Así lo hice y aquí estoy. Todos estos años estuve a tu lado queriendo enmendarme por mis actos pasados y éste será mi último sacrificio. Continúa tu vida, acompaña a Madre en sus últimos años de vida y disfruta de tu herencia, pues yo ya no seré un estorbo.”
El otro miró hacia abajo y dijo: “No te preocupes, lo haré yo. Yo tampoco soy quien digo ser. Mi nombre tampoco es importante y tal vez debería llamarme Nadie. Desde que tengo conciencia, he vivido solo en las calles de mi ciudad natal, cuyo nombre no conozco pues, a temprana edad, decidí abandonarla para buscar un mejor destino. Me enrolé en el ejército personal de un príncipe poderoso de Persia. Tanto poder tenía este príncipe, que éste le corrompió la razón y quiso poseer más territorios y riquezas. Pasaron años y las victorias de nuestra armada crecieron junto con los territorios y riquezas de mi príncipe, y entonces, ambicioso como era, decidió acometer contra la ciudad de Bagdad confiado en que la conquistaría. Yo era joven pero valiente y diestro en el manejo de la cimitarra, pero aún cuando nuestros soldados fueran tan buenos como yo, por cada uno de los nuestros había diez entre las filas del ejército de Bagdad. La derrota fue total y el príncipe fue muerto en batalla por un flechazo. La situación me forzó a quedarme en Bagdad desesperado y hambriento, viviendo como un perro.
“Pocas semanas después, me encontré andando por la calle con un joven idéntico a mí caminando feliz junto a su padre, su madre y su hermano. Lo seguí y averigüé todo sobre él y los de su familia. Supe que periódicamente el padre organizaba salidas de caza con amigos en las que hacía participar a sus hijos. Una vez internado en el bosque, maté al muchacho con mi antigua cimitarra del ejército, escondí el cadáver y tomé su lugar, pues la desesperación que me inundaba era grande y quería abandonar mi antigua vida llena de carencias. Al regresar una vez terminada la cacería, noté que el otro hijo no había regresado y sentí pena por él. Cuando te vi venir diciendo que eras mi hermano me alegré como si realmente lo fueras, pues eso hacía feliz a nuestros padres. Pero ahora es el turno de dejar atrás esta mentira. No soy hijo de quien digo serlo, así que tú, que has tenido una vida más torturada que la mía, quédate con la herencia de nuestro padre y acompaña a madre en sus últimos días, que yo tomaré como pueda el lugar que ha dejado el efrit Dim al lado de esta mujer.”
Ambos hombres se miraron. Se conocían tanto que un gesto bastó para lograr un total entendimiento. Los dos sabían que uno solo no podría satisfacer a la mujer como lo hacía el efrit y también sabían que los dos eran culpables de su muerte.
“Lo haremos los dos” dijo el mayor. “Siempre que no te moleste” dijo el menor.
“¿Por qué quieren esto?” dijo la mujer. “Yo solo necesito que un solo hombre me desee, no más.”
“Porque sabemos que ninguno de los dos por separado podrá satisfacerte” dijo el mayor.
“Porque sabes que ambos ya te hemos deseado” dijo el menor.
“Porque ninguno de los dos es alguien” dijo el más grande.
“Porque los dos podremos ser otro si así lo quisiéramos” dijo el menor. “Y así lo queremos.”
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