Antes del fin (la venida de los escoceses)

Los escuchamos venir. La capital del tiempo se estremeció, se desacompasó. Los escuchamos llegar, la gaita aguda y los pasos pesados. Piruriiiii (tum tum), piruriiiii (tum tum). Era la Venida, la que había anunciado nuestra profeta Violeta. La gaita estridente y los pasos raudos.

Violeta nos habló de La Pocalipsis, nos advirtió, nos dijo de las gaitas y los pasos; nos dijo de los escoceses y sus exhalaciones infernales. Tapar el mundo: la Pocalipsis no era ni más ni menos que eso. El mundo no se va a terminar por la ausencia total (la absolutización de la Nada), nos dijo Violeta, sino por saturación (la emergencia de la Totalidad en plenitud). El Fin es un momento de La Pocalipsis, y no particularmente el ùltimo. Hay otras cosas después del fin, pero Violeta nunca llegó a contárnoslas.

Yo creo. No entiendo en qué medida un poco de esos brebajes que calientan la garganta y animan el espíritu pueden afectarle el juicio. A veces me compartió, y realmente hay cosas que se entienden mejor con estos brebajes. Por eso creo, creo en Violeta, creo en La Pocalipsis y temo la Venida. Porque escucho a los escoceses, a sus gaitas y al tronar tremebundo de sus exhalaciones, temo. Porque siento sus pasos, temo. Porque vienen y están cerca, temo.

Los escuchamos y no dejan de venir. La capital del tiempo, arrítmica, poco a poco pierde sus límites, borroneados o acaso ya innecesarios. Yo ya no encuentro lo mío, lo que me hace yo, lo que me limita. Los escuchamos, tal vez por última vez, mientras todavía tiene sentido articular estas palabras, mientras las palabras tienen sentido. Los escuchamos, ya cada vez más y más cerca, menos ellos y más nosotros. Los escuchamos antes del fin. Lo que venga después, no lo podré decir.

Arquitectura

Antes de abandonar los límites del Imperio, el Arquitecto Real Han Yu ordenó la construción un templo en honor al Sol. “El Disco del Cielo”, les dijo a sus súbditos, “permanece inalterable. Así sucederá también con su templo”.
El Proyecto consistía en un edificio cuyos materiales fueran sustituídos con regularidad para permanecer inalterable. Y así sucedió: habiendo partido de viaje el Arquitecto comenzaron las refacciones del Templo, de modo que sus paredes siguieron blancas, su techo siguió colorado, sus ventanas siguieron cristalinas y sus fundamentos siguieron firmes. Cada dos años, el Nuevo Arquitecto ordenaba cambiar todos los ladrillos de alguna pared, y cada cuatro todas las tejas del techo. El personal de limpieza se ocupaba día y noche de eliminar toda mancha de la superficie del Edificio.
El tiempo pasó. Los mapaches cambiaron varias veces sus pieles. Los árboles de durazno alfombraron los campos con sus hojas otoño tras otoño.
Una tarde, cuando el Sol estaba acariciando el horizonte, un viejo de larga barba blanca apareció en las inmediaciones del Templo.
El Nuevo Arquitecto lo reconoció inmediatamente: “Maestro: hemos cumplido sus órdenes. El Templo del Sol sigue igual a cuando fue
terminado.”
Han Yu le obsequió una sonrisa paternal: “¿Es que acaso no lo ves? No puede estar más diferente. Fuimos unos tontos.”

A partir de una lista de verbos sacada de otro lado tuve que hacer un texto (muy arduo, ¡ufff!)

Un whisky para Fernandito

Cuando Fernandito fue al Polo Norte se le helaron las patas. Él quería medias pero lo echaban de todos los negocios por patón.

Fernandito amaba el mate y vivía tomando, pero en el Polo Norte se le enfriaba en seguida. Fernandito deseaba poder volver, pero con las patas todas frías y el barco que contenía sus cosas ya hundido, el regreso nunca se producía.

Las malas lenguas en su barrio natal afirmaban que Fernandito se hallaba secuestrado. La gente se sensibilizaba al escuchar esto, pero siempre pasó que al final concluían que Fernandito había vivido en la boludez y que si llegaba a volver de donde estaba, seguro que habría adelgazado mucho por pavote.

“El metal se arrastra por el piso, traspone la antimística del demonio escapándose por los poros del ser. Miremos a Fernandito, su vida, su estar ahí en el éter de una nada atragantada. Pasemos revista de su estupidez y mientras tanto rompamos lazos con el Peronismo Federal” dijo alguien secándose las copiosas lágrimas que se le esccapaban corriendo.

Fernandito nunca tuvo noticias de todo esto, por estar tan lejos y tan con las patas heladas. En cambio, se quedó mirando pajaritos como si estuviera hipnotizado.

Un día amaneció con escarcha entre las uñas y las examinó largamente. Dijo: “Estas uñas tienen escarcha como pa’ enfriarme un whisky”. Entonces llamó a un peatón del Polo Norte que pasaba por ahí y le preguntó si seguía habiendo Whisky en todas las esquinas, como le habían dicho sus amigos allá en su casa de donde él era. El peatón constató que sí casi con indiferencia y Fernandito tuvo ganas de tomarse uno doble on the rocks. Pero cuando fue a hacérselo, la botella estaba casi vacía. En esa esquina oyó que un tipo dormitaba haciendo la vertical. Este hombre vivía cabeza abajo y se paseaba desnudo usando sus brazos para desplazarse. Él ahogaba sus penas en el alcohol y cuando entraba a algún boliche proseguía con la ingesta de whiskys dobles on the rocks. En ese instante el hombre comenzó a andar a la par de Fernandito. Juntos descendieron por unas escaleras muy fías del Polo Norte y se quedaron quietos frente a la puerta. Fernandito la abrió porque el hombre tenía sus manos ocupadas en caminar. Unas gotas de sudor perlaron la frente de Fernandito. El hombre clamó por un whisky doble on the rocks y el barman corrió rápidamente a prepararlo. Se lo dio a Fernandito. Este lo miró, se serenó, le sonrió a su compañero de viaje y después se lo tomó de un trago larguísimo. Tanto que hubo que pararlo.

Cuando el patovica volvió del baño Fernandito yacía lívido en el suelo, duro como una piña de Caradagián. Rápido, pulsó sus sienes y su yugular y lo observó. Su cabeza se encogía progresivamente. El compañero de Fernandito tamborileaba sus dedos contra el piso en señal de impaciencia. Esa escena lo remitía a su terrible juventud. El encogimiento de la cabeza de Fernandito avanzaba. Amanecía y nadie tenía una solución, nadie podía salvarlo.

El barman quiso huir. Avanzó a paso raudo y trepó una medianera. Lo perdieron de vista en seguida. Fernandito deliraba. Su cabeza continuaba achicándose.

De pronto se oyó un ruido y atrás entró un hombre alto y oscuro. Miró a Fernandito tirado y con la cabecita menguante y llamó a los bomberos. Se acercó despacito y le vio un puntito cerca de la frente. Murmuró algo incomprensible para el resto y se levantó bruscamente. Dejó la habitación.

El amigo de Fernandito sintió no tener salvación posible. Articuló alguna palabra inútil: la situación le pesaba demasiado como para hablar algo coherente. Salió corriendo, cortó por la avenida y, agitando sus brazos, voló hacia el cielo. Había algunos pájaros que pronunciaron injurias como “forro” o “sorete”, pero él aplicó sus últimas energías en desaparecer para siempre.

Escribí primero un texto sin conectar palabras con palabras y después lo rellené

Enyoguización (I)

Hoja. Croto. Lapicera.
Trazo. Texto. Invención.

Comentario. Agitación.

Risa. Grito. Retumbón.
Arriba. Yoga. Profesor.

Descenso. Amenazación.

Silencio. Trabajo. Paz.
Yoga. Trance. Amor.

Respuesta. Desubicación.

Salame. Nabo. Gil.
Yoga. Puto. Revolcón.

Piña. Hecatombización.

Croto. Roto. Inmolación.
Arma. Tiro. Defunción.

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 Enyoguización (II)

Dice de que estaba un croto ahí escribiendo en el taller, ahí juntado con los otros crotos como lo que es él. Y dice de que el croto escribía y paraba porque no le salía un pito. Y estaba dele escribir y dele parar. Entonces otro croto hace un comentario medio desubicado, y el croto no va que se manda un carcajón como para espantarlo al mismo Casper.

Y entonces dice de que el tipo baja. El profe de yoga, ¿no? Porque dice de que el tipo quiere silencio, todo el tiempo silencio y más silencio, y ahí andaba el croto riéndose lo más campante, desubicado como chileno tirando cuete en un velorio. Entonces se baja el tipo. ¿Te lo dije o no? Se baja el profe de yoga, todo enyogueado, a pedirle a los crotos que se callaran de una buena vez. Y les dijo de que hicieran silencio y también les dijo de que si querían podían hacer yoga con él para tranquilizarse un poco. Y no va que el croto salta y le dice de que se vaya a Europa y de que él era un puto y de que se lo iba a empernar de parado a él y a todos los que hicieran yoga porque eran igual de putos todos acá y en la China.

Y ahí nomás se armó. ¿Qué más iba a pasar? Se tiraron un par de bifes, el croto le puso uno, el profe de yoga le enchufó dos. Y cuando el profe vio que se le hacía tarde y ya le estaban hinchando demasiado las bolas, sacó un bufoso y lo hizo re cagar al croto de un tiro en el pecho.

Y bueh. Por eso es que ahora está ahí quietito en el cajón. Pero mirá si será croto que el cajón no está ni barnizado…

Lúdico intento de prosa no-saerizada

El Ancho se toma una taza de té. Tenía poca azúcar pero como andaba con poco tiempo se la mandó de un trago. “Al final, Charly tenía razón”, piensa, “la puta madre; dónde vamos a parar si el azúcar no endulza”.

Deja la taza en la mesa y escucha el tlin de la cuchara contra el borde. La mesa de madera es muy grasosa y está toda marcada, al igual que el resto de las mesas del restaurante. “La gente no las mira, pero las marcas en la mesa dicen muchas cosas, cuentan muchas historias”, suele decir el Ancho. Pero es todo mentira: a él no le importa nada leer las historias. Es un poco raro: sólo le importa terminarlas. Si fuera escritor se moriría de hambre; ¿quién leería un libro sólo de finales?

Pero volvamos, que el Ancho se nos va a escapar. Porque ya pagó, ya se puso el sobretodo gris y se fue atravesando la puerta giratoria del restaurante y ahora anda como bola sin manija por la calle.

El Ancho también suele decir que el caminante atento puede leer historias mientras anda por ahí. “Vienen”, dice, “un hombre y una mujer, ponele. Él la lleva de la mano. Ella no se resiste pero camina rezagada. Las caras y las posturas corporales nos agregan más información. Y la historia se va armando sola, para el que quiere o está atento. Como lo mío son los finales me los suelo imaginar varios años después, perseguidos o alcanzados por algo o alguien al acecho. Mis finales son bastante abruptos”.

Y entonces llega a una esquina y se para como si lo arrebatara una emoción fuerte. Un certel rojo y uno azul decoran ese momento que parecía ser uno más hasta recién.

Se mete en un negocio de ropa. La chica que atiende le pregunta qué buscaba y él le pide un sobretodo negro. “Pruébeselo” dice ella. “¿Me ayuda?” dice él. Después de que ella le saca el abrigo y lo dobla con cierta dificultad, él la abraza por la espalda impidiéndole todo movimiento y tapando su boca. La levanta del piso y la arrastra adentro del probador. “Me manda Arturo” dice él. Ella abre sus ojos aún más, como si se le fueran a romper de tan abiertos. “Me dijo que yo tenía que terminar la historia que hay entre ustedes”. Su mano derecha, antes vacía, sostiene ahora una Smith & Wesson calibre .38 con silenciador. Ella cierra los ojos cuando el círculo negro y profundo del cañón es lo único que puede ver. Y la historia termina.

Lúdico intento de prosa saerizada

Atrás de mis talones quedé como era hasta recién: todo yo y anterior y transcurrido y amontonado. Todo olvidado y olvidante. Todo resabio y regreso y reaparición.

Atrás estoy como estuve. De atrás me vengo siguiendo, obstinado en no dejar de ser esos pies de uñas ínfimas, ese reloj roto e irreparable, esos pirinchos rubios, la sucesión de mis chupetes y mis baberos.

Me sigo hasta donde estoy, me alcanzo y me interpongo, atrasándome en mi seguir, apoyando mi ser ahora en eso que soy también de ayer y de vivido y viviente.

Así transcurro y devengo siempre yo y otro, otro y yo, lo que soy ahora y lo que no, lo que soy de antes no dejando de perseguirme, lo que nunca fui y los que nunca fui atravesándome sin darme cuenta. Todos esos yo soy cuando soy cada vez que soy, como ahora, siendo así: escrito, escribiendo, escribiente.

Andando por mis calleres

Arranco acá y me voy para allá. En un rato vuelvo a este rato del que no me tenía que ir. Si camino derecho aparezco mañana, pero cuando doblo desemboco en el patio de mis ayeres. Así me mareo andando por La Plata. Me mareo con sus calles que se amontonan y se desdibujan y se confunden con las rejas de esa casa que voy a tardar en reconocer como mía, porque era mía pero no está donde la dejé: estacionada en la cuadra aquella cerca de la salita azul y el primer diente perdido.

Las calles me llegan por todos lados y se me escapan de entre las manos, jugando a entrar en el espacio de mi presente, atrasando los minutos que a ellas no les corren y a mí me van matando de antemano. Aparecen acá, cuando llega la esquina, cuando el cielo nublado me anuncia barro en el patio de esa casa, que tal vez habrá sido mía o por ahí habrá de serlo.

Arranco y paro y termino en cualquier parte. Arranco en el parque donde me dejo niño y llego a esa selva a la que no iré, al Amazonas despojado de mi traspasadomañana: sin hojas, sin árboles, sin animales, sin presencia y sin lugar anterior subsiguiente.

Arranco acá y termino allá, al final del pasillo donde está la muerte de lo que habré sido mañana, llegando repleto de ayer en la pelusa de mi ombligo.