A partir de una lista de verbos sacada de otro lado tuve que hacer un texto (muy arduo, ¡ufff!)

Un whisky para Fernandito

Cuando Fernandito fue al Polo Norte se le helaron las patas. Él quería medias pero lo echaban de todos los negocios por patón.

Fernandito amaba el mate y vivía tomando, pero en el Polo Norte se le enfriaba en seguida. Fernandito deseaba poder volver, pero con las patas todas frías y el barco que contenía sus cosas ya hundido, el regreso nunca se producía.

Las malas lenguas en su barrio natal afirmaban que Fernandito se hallaba secuestrado. La gente se sensibilizaba al escuchar esto, pero siempre pasó que al final concluían que Fernandito había vivido en la boludez y que si llegaba a volver de donde estaba, seguro que habría adelgazado mucho por pavote.

“El metal se arrastra por el piso, traspone la antimística del demonio escapándose por los poros del ser. Miremos a Fernandito, su vida, su estar ahí en el éter de una nada atragantada. Pasemos revista de su estupidez y mientras tanto rompamos lazos con el Peronismo Federal” dijo alguien secándose las copiosas lágrimas que se le esccapaban corriendo.

Fernandito nunca tuvo noticias de todo esto, por estar tan lejos y tan con las patas heladas. En cambio, se quedó mirando pajaritos como si estuviera hipnotizado.

Un día amaneció con escarcha entre las uñas y las examinó largamente. Dijo: “Estas uñas tienen escarcha como pa’ enfriarme un whisky”. Entonces llamó a un peatón del Polo Norte que pasaba por ahí y le preguntó si seguía habiendo Whisky en todas las esquinas, como le habían dicho sus amigos allá en su casa de donde él era. El peatón constató que sí casi con indiferencia y Fernandito tuvo ganas de tomarse uno doble on the rocks. Pero cuando fue a hacérselo, la botella estaba casi vacía. En esa esquina oyó que un tipo dormitaba haciendo la vertical. Este hombre vivía cabeza abajo y se paseaba desnudo usando sus brazos para desplazarse. Él ahogaba sus penas en el alcohol y cuando entraba a algún boliche proseguía con la ingesta de whiskys dobles on the rocks. En ese instante el hombre comenzó a andar a la par de Fernandito. Juntos descendieron por unas escaleras muy fías del Polo Norte y se quedaron quietos frente a la puerta. Fernandito la abrió porque el hombre tenía sus manos ocupadas en caminar. Unas gotas de sudor perlaron la frente de Fernandito. El hombre clamó por un whisky doble on the rocks y el barman corrió rápidamente a prepararlo. Se lo dio a Fernandito. Este lo miró, se serenó, le sonrió a su compañero de viaje y después se lo tomó de un trago larguísimo. Tanto que hubo que pararlo.

Cuando el patovica volvió del baño Fernandito yacía lívido en el suelo, duro como una piña de Caradagián. Rápido, pulsó sus sienes y su yugular y lo observó. Su cabeza se encogía progresivamente. El compañero de Fernandito tamborileaba sus dedos contra el piso en señal de impaciencia. Esa escena lo remitía a su terrible juventud. El encogimiento de la cabeza de Fernandito avanzaba. Amanecía y nadie tenía una solución, nadie podía salvarlo.

El barman quiso huir. Avanzó a paso raudo y trepó una medianera. Lo perdieron de vista en seguida. Fernandito deliraba. Su cabeza continuaba achicándose.

De pronto se oyó un ruido y atrás entró un hombre alto y oscuro. Miró a Fernandito tirado y con la cabecita menguante y llamó a los bomberos. Se acercó despacito y le vio un puntito cerca de la frente. Murmuró algo incomprensible para el resto y se levantó bruscamente. Dejó la habitación.

El amigo de Fernandito sintió no tener salvación posible. Articuló alguna palabra inútil: la situación le pesaba demasiado como para hablar algo coherente. Salió corriendo, cortó por la avenida y, agitando sus brazos, voló hacia el cielo. Había algunos pájaros que pronunciaron injurias como “forro” o “sorete”, pero él aplicó sus últimas energías en desaparecer para siempre.

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