Arquitectura

Antes de abandonar los límites del Imperio, el Arquitecto Real Han Yu ordenó la construción un templo en honor al Sol. “El Disco del Cielo”, les dijo a sus súbditos, “permanece inalterable. Así sucederá también con su templo”.
El Proyecto consistía en un edificio cuyos materiales fueran sustituídos con regularidad para permanecer inalterable. Y así sucedió: habiendo partido de viaje el Arquitecto comenzaron las refacciones del Templo, de modo que sus paredes siguieron blancas, su techo siguió colorado, sus ventanas siguieron cristalinas y sus fundamentos siguieron firmes. Cada dos años, el Nuevo Arquitecto ordenaba cambiar todos los ladrillos de alguna pared, y cada cuatro todas las tejas del techo. El personal de limpieza se ocupaba día y noche de eliminar toda mancha de la superficie del Edificio.
El tiempo pasó. Los mapaches cambiaron varias veces sus pieles. Los árboles de durazno alfombraron los campos con sus hojas otoño tras otoño.
Una tarde, cuando el Sol estaba acariciando el horizonte, un viejo de larga barba blanca apareció en las inmediaciones del Templo.
El Nuevo Arquitecto lo reconoció inmediatamente: “Maestro: hemos cumplido sus órdenes. El Templo del Sol sigue igual a cuando fue
terminado.”
Han Yu le obsequió una sonrisa paternal: “¿Es que acaso no lo ves? No puede estar más diferente. Fuimos unos tontos.”
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