Antes del fin (la venida de los escoceses)

Los escuchamos venir. La capital del tiempo se estremeció, se desacompasó. Los escuchamos llegar, la gaita aguda y los pasos pesados. Piruriiiii (tum tum), piruriiiii (tum tum). Era la Venida, la que había anunciado nuestra profeta Violeta. La gaita estridente y los pasos raudos.

Violeta nos habló de La Pocalipsis, nos advirtió, nos dijo de las gaitas y los pasos; nos dijo de los escoceses y sus exhalaciones infernales. Tapar el mundo: la Pocalipsis no era ni más ni menos que eso. El mundo no se va a terminar por la ausencia total (la absolutización de la Nada), nos dijo Violeta, sino por saturación (la emergencia de la Totalidad en plenitud). El Fin es un momento de La Pocalipsis, y no particularmente el ùltimo. Hay otras cosas después del fin, pero Violeta nunca llegó a contárnoslas.

Yo creo. No entiendo en qué medida un poco de esos brebajes que calientan la garganta y animan el espíritu pueden afectarle el juicio. A veces me compartió, y realmente hay cosas que se entienden mejor con estos brebajes. Por eso creo, creo en Violeta, creo en La Pocalipsis y temo la Venida. Porque escucho a los escoceses, a sus gaitas y al tronar tremebundo de sus exhalaciones, temo. Porque siento sus pasos, temo. Porque vienen y están cerca, temo.

Los escuchamos y no dejan de venir. La capital del tiempo, arrítmica, poco a poco pierde sus límites, borroneados o acaso ya innecesarios. Yo ya no encuentro lo mío, lo que me hace yo, lo que me limita. Los escuchamos, tal vez por última vez, mientras todavía tiene sentido articular estas palabras, mientras las palabras tienen sentido. Los escuchamos, ya cada vez más y más cerca, menos ellos y más nosotros. Los escuchamos antes del fin. Lo que venga después, no lo podré decir.

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Un anillo, tres anillos (una amplificatio)

Un emperador necesitado de dinero quiso embaucar a un usurero judío y para hacerlo caer en su trampa le preguntó cuál era la religión verdadera. El judío le contó una historia: había un anillo que pasaba de padres a hijos decidiendo una herencia, hasta que llegó a manos de un hombre con tres hijos para él muy queridos. Como no podía decidir a cuál dejarle el anillo, mandó a hacer dos réplicas exactas. Nunca pudieron reconocer al heredero.

El emperador entendió que el judío era muy sabio y le contó de sus intenciones y su necesidad. Entonces el judío le prestó el dinero que necesitaba y el emperado lo tuvo por amigo y consejero largo tiempo.

Saladino se volvió a rascar la cabeza. Su ministro lo miró entre asustado y orgulloso. “¿O sea que nos falta plata?” dijo el amo de cien países. El ministro se limitó a asentir con la cabeza. Saladino, entonces, pidió quedar solo y cuando sus cortesanos se retiraron él se abismó en su trono.

Pasaron los días y la solución no aparecía en su mente. Saladino habló con todos sus ministros para intentar mejorar la producción en los campos y reducir los gastos en los edificios imperiales, pero aún así no llegaría a reunir el dinero necesario para su próxima campaña de expansión en el tiempo que necesitaba. Entonces recordó el nombre de un sabio judío, prestamista él, que estaba de paso por la capital y seguramente coontaba con una buena cantidad de fondos en sus arcas. Sin embargo recordó también que el judío era muy avaro y supuso que le pediría una fuerte tasa de interés por el préstamo o directamente no se lo daría. Saladino permaneció en sus aposentos, dándole vueltas a este problema que tenía en frente, mientras esperaba que el judío se presentara, puesto que ya lo había mandado a llamar.

Al llegar el judío, Saladino lo trató afectuosamente como a uno de su propia familia y le ofreció su mejor vino y dátiles; el judío los rechazó. Saladino, entonces, le ofreció la compañía de cualquiera de sus cien criadas, que había ido recolectando por los lugares más exóticos; pero el judío se negó diciendo que su Dios le prohibía ser infiel con su esposa. Saladino decidió enredarlo en una trampa y le preguntó cuál creía él que era la religión verdadera de las tres más grandes: el cristianismo, el judaísmo y el islam. El judío, inicialmente, se negó a responder, pero al verse presionado por el emperador, dijo:

-“Te voy a contar esta historia, rey de hombres. Las leyendas que se hunden en lo más profundo de los tiempos hablan de un anillo de oro que, estando en posesión de él, convierte en heredero de un gran y hermoso reino a un hombre. Este anillo ha pasado de mano en mano, de padre a hijo, de generación en generación, de antiguo rey a antiguo príncipe, por siglos. Hasta que llegó a manos de un hombre muy prudente que tenía tres hijos en quienes confiaba plenamente y que quería por igual. Como veía que estaba por morirse y no decidía a cuál de sus hijos dejaría el anillo, convocó a su mejor y más viejo orfebre para que le hiciera dos replicas tan exactas que el anillo original fuera indistinto de los otros dos. Así lo hizo el orfebre y el rey, secretamente, dio a cada uno de sus hijos un anillo.

“Cuando el rey murió y fue tiempo de establecer la sucesión del trono, cada hijo lo reclamó para sí invocando el poder que les confería la posesión del anillo. Y es el día de hoy que, muertos el rey y el orfebre, no pueden decidir cuál anillo es el original.”

Saladino increpó al judío diciéndole que esa no era una respuesta, y este contestó que los hombres estamos en situación similar a la de los tres hijos: no podemos decidir cuál religión es la revelada por Dios.

Saladino comprendió que el judío había sido más inteligente que él, le pidió disculpas y le contó su situación. El judío accedió a prestarle el dinero y saladino, después de conquistar treinta paises más, lo colmó con los regalos más extraños y lo hizo su amigo y consejero de por vida.

Q

El Sr. Q decidió que igual seguiría subiendo aún cuando el apoyo de los escalones le resultara poco conciso.

En el piso siguiente lo esperaba, detrás de un escritorio de plastilina, una bola de incienso sin cara. El Sr. Q no dijo nada, pero la bola le habló:

-¿Qué querés que te pregunte?- dijo con una voz que parecía una carraspera.

-No sé- dijo el Sr. Q, desconcertado. Y como le pareció que la bola miraba para otro lado siguió caminando, siguió subiendo.

Pisar los escalones ya le resultaba como pedalear en las nubes, y el esfuerzo que tuvo que hacer para seguir subiendo fue más grande. Cuando llegó al siguiente descanzo de la escalera se detuvo a tomar aire y al levantar la cabeza vio que en la habitación sólo había una especie de perchero. Una de las perchas (la que no tenía gancho) le habló:

-¿Qué querés que te pregunte?- dijo con una voz aguda, casi como un suspiro de gato.

-No sé- respondió el Sr. Q, a quien ya le estaba pareciendo violento que le hicieran esas preguntas sin pregunta. Y como pensó que la percha no iba a contestarle, siguió subiendo y subiendo más y más habitaciones. Los escalones eran cada vez menos sólidos y el aire era cada vez más espeso. Y en cada descanzo encontró una habitación y en cada habitación un ser inverosímil: una una caja sin aristas, una mesa de techo, un cuadro sin marco ni tela, una lámpara oscura; todos le hicieron la misma pregunta y el Sr. Q nunca supo qué contestar.

Pero según contó el Sr. Q antes de irse hubo un último descanzo y un último individuo que lo interpeló: un cubo mágico con todas las caras del mismo color. Y cuando el Sr. Q recibió la pregunta, cambió su respuesta y esta vez dijo: “Lo que vos quieras”.

Y el cubo preguntó: -¿Qué son los sueños?

Dibujo

La nena marca y remarca con la tiza la mano del dibujo en el piso. Está de rodillas, su pollera puesta debajo para que las baldosas de la vereda no la lastimen.

La señora camina y camina con las bolsas del supermercado en las manos. La izquierda no tiene muy buena circulación por el peso de los mangos plásticos, pero no le falta mucho para llegar. Unas cuadras solamente.

La nena remarca la cabeza. No cambia el color, no altera la forma. El dibujo es sólo contorno, no hay pelo, no hay ojos ni boca.

La señora se detiene frente al dibujo más grande que la nena. Lo mira y la mira. La nena alza sus ojos y sonríe. La señora sonríe y pregunta “¿Quién es?”. La nena baja la cabeza y responde “Mi mami”.

La señora se enternece y muestra los dientes, irregulares y enmarcados en los labios pintados meticulosamente de rojo carmín. “¿Y tu mamá no te mira ni te habla, que no le dibujaste ni los ojos ni la boca?”, le dijo la señora. La nena, sin levantar la cabeza, responde “No”.

Los dientes de la señora no se esconden del todo. “¿Lo dibujaste vos?”, le pregunta por último la señora. La nena, sin levantar la cabeza, responde “No. Lo hicieron unos señores de azul hace unos días”.

La señora esconde sus dientes por completo, el contorno de su boca se transforma en una línea recta, corta y nerviosa. Retoma su caminata sin despedirse, apretando los mangos de las bolsas y el paso.

Nunca escuchó el primer sollozo de la nena.

Poética, cuento y biografía de Roger Patrick Lasarlanga

1- Breve se escribe mejor

2- Breve se escribe

3- Breve sé

4- Encontrar la palabra perfecta es difícil: hay que pelearse (pero nunca a muerte) con una lengua que nos es tan propia como ajena para encontrar algo parecido a una expresión que alcance a conformar al escritor

5- El escritor no persigue una forma: se persigue a sí mismo

6- La inspiración no existe: el escritor no recibe ideas como por Direct TV. Hay que estar alerta: la idea, la chispa que enciende a la escritura, puede estar en cualquier parte

7- Es preferible evitar la escritura del compromiso en pro del compromiso con la escritura

8- La “invención razonada” está sobrevaluada (culpa de Poe). Que sea un valor agregado pero no un valor en sí mismo

9- Es preferible prescindir de palabras como “ebúrneo”, “pitagoriza”, “laberinto” o “áureo”. Se escribe mejor como cuando uno le cuenta a la vieja de la esquina lo que hizo esa mañana.

10- Lo importante es comenzar a escribir: no hay final posible de lo que no se empieza. La hoja en blanco es un mito de la modernidad que se resiste a caer

(She’s so heavy)

La cámara se desplaza de derecha a izquierda. De fondo se escucha “I am the walrus”. Se ven casas de paredes altas color crema y tolditos de color azul, rojo y amarillo que cuelgan. El cielo no tiene nubes. No hace ni frío ni calor.

La cámara se desplaza de derecha a izquierda. Entra en plano Paul McCartney flequilludo, pelo largo, barba crecida, traje gris, corbata roja. Tiene la guitarra en las manos pero no la toca. Me dice algo, distingo el acento de Liverpool. Me alegra.

La cámara se desplaza de derecha a izquierda. Hay más casas y más pajaritos y más ventanas y más teléfonos y más mi madre que me despierta.

Roger Patrick Lasarlanga (1915 – 1998), escritor y dramaturgo inglés nacido en Liverpool. Su madre, Norah Chesterfields, fue maestra de cuarto año en la institución “Charles Dickens” para la reinserción de jóvenes delincuentes a la sociedad. Su padre, Roger Allan Lasarlanga, fue trabajador portuario hasta los cincuenta, edad en que lo despiden porque descubren su pederastia.

Roger Patrick se inició en las letras a la edad de quince años con poco éxito y nunca alcanzó la fama. Su libro consagración, “Dreaming in de sky with diamonds” (1980), tuvo amplísima repercusión en la Argentina no tanto por su valor literario (pretendía ser una colección de piezas surrealistas cuarenta años después del fin del surrealismo) como por su valor polémico: Lasarlanga vino al país especialmente a matar al traductor, que había rebautizado al libro con el título “Sueño Beat” (1987). Después de tres meses en la cárcel por intento de homicidio, Lasarlanga es desterrado de Gran Bretaña y se va a vivir a Uruguay. Allí publica su libro de ensayos “Traducciones de mierda” (en el que, en un español bastante deficiente, intenta cobrarse venganza de algunos hechos pasados). A mediados de los ’90 se muda a la Argentina. “No vengo a matar a nadie, por ahora” le dijo a un periodista al pisar Ezeiza, lo que conllevó una estricta y pegajosa vigilancia de la CIDE que duró unos cuatro meses. Roger Patrick Lasarlanga muere en 1998 por intoxicación con Ribotril, después de deprimirse por ver un capítulo de Chiquititas y enterarse de que Bioy Casares no era Borges y ya se habían muerto los dos. Sus últimas palabras fueron: “La literatura es una mierda. Yo tendría que haber escuchado a mi padre cuando me dijo que fuera mecánico dental”.

Maquillajes (III)

No, no, nada de preguntas. En realidad exageraban. Todos. En el pueblo siempre fueron todos unos exagerados. Mirala a Adelina Jimenez: una semana de escándalo cada vez que a su marido se le agujerea una camisa. Y así todo el resto: todos son iguales, los hombres también. El Cacho Galindez debe ser más cornudo que aquel rey de las “Mil y una noches” y no le importa; ahora, que no aparezca su mujer vestida de blanco y verde porque se arma (él es tan fanático de Lanús).
Exageraron todos con ese temita de los fiambres pintados (la gente le empezó a decir así). La realidad es que no le molestaba a nadie, pero servía de excusa. Y cuando todos se cansaron llevaron la cosa a juicio, pero más porque ya no resultaba escandaloso que en todos los velorios el muerto tuviera algo pintado por algún lado (aunque más escandaloso era ver cómo todos lo revisaban: se amontonaba gente que simulaba el luto y daban vuelta al finado como una media hasta encontrarle el detalle para poder empezar a patalear debidamente). Y no me digas que no fue así, eh. Era una locura, una locura. Y al pobre tipo se lo comió el personaje, la travesura redundante, el placer de lo tóntamente ilegal. Si dijo que —
[Callate, Pipo. Dejame a mí. Me estás cagando todo el cuento. Salí de acá que no lo estás contando bien. Andá y buscate unos bizcochos que yo pongo el agua y sigo contando.]

Maquillajes (II)

Yo no dije nada de la florcita, pero era cuestión de tiempo que alguno de los familiares directos la viera. Ponele que Pipo y yo nos fuimos y a la hora y pico ya había alguien gritando (eso me lo contó mi mamá, que en paz descanse, que se quedó más tiempo en el velorio). Que no puede ser, que es una falta de respeto al muerto, que es un agravio para la familia, que ahora lo van a recordar por una florcita y no por lo que hizo en su vida y bla bla bla. La esposa del Tonga estaba hecha una fiera, a tal punto que si no la separan a tiempo le deja la cara hecha un trapo rejilla al dueño.
Pero, pasado lo del Tonga, la memoria de la gente es de muy corto plazo y todos olvidaron la florcita. Y entonces ocurrió que, en el velorio de Jacinto Gamuzzi, el plomero de mi barrio, la hermana le estaba acariciando la mano y por la manga de la camisa asomó una enamorada del muro que si no tocabas pensabas que estaba ahí. Y otra vez el mismo episodio: que el llanto, los gritos, los empujones al dueño, las sillas que vuelan, la policía llegando y otra vez la aparente calma.
Ya se nos hizo claro, por lo menos a Pipo y a mí, que lo charlamos largo y tendido, que había un maquillador de muertos que era muy bueno pero que también se estaba pasando de vivo. Y lo raro era que, viviendo en una ciudad relativamente chica, ni Pipo ni yo ni mi mamá (que en paz descanse) supiéramos quién era el que hacía ese trabajo. Y la pregunta más importante era: ¿por qué agregaba estos retoques tan preturbadores?