Inventario de mi barrio – De vuelta al final (a modo de epílogo)

No suelo volver sobre la autobiografía. No suelo volverme sobre mi propia vida en general: pocas cosas me parecen dignas de contarse (tal vez sea un poco exigente). Pero el inventario de mi barrio supuso una especie de vuelta a dos cosas que no se pierden nunca: la escritura y la infancia. A una escritura claramente signada por la memoria, por una memoria más de olores y sensaciones que de situaciones (sería más exacto decir que fue una escritura del olvido o contra el olvido). Y a una infancia más bien cosificada, que me resultó más fácil de recordar e inventariar.

De mis infrecuentes vueltas a la infancia, creo que esta fue la más sana y la más feliz: no fue (no pretendió ser) una vuelta a un tiempo perdido (que se quiere quedar ahí), una vuelta nostálgica (de dolor) o una vuelta a un tiempo pasado y por lo tanto mejor (una queja al presente). No. Fue (intentó ser) más bien una re-vuelta: un revolver entre mis recuerdos, entre lo que sé y lo que no, entre lo que usualmente recuerdo y lo que estaba en peligro de desgastarse por desuso. Fue (quiso ser) una re-vuelta jocosa pero no ilusa: una re-vuelta conciente de que hay un tiempo que está pero no, está en mi cabeza, no está afuera, forma parte de mí pero no del mundo.

No creo que vaya a volver al barrio, aún cuando todavía no me haya ido: pasa que ya me va costando cada vez más encontrar sobre qué escribir y, como decía Borges (qué bien queda escribir “Borges”), mi memoria se parece cada vez más al olvido. Por lo tanto acá se está terminando mi infancia por segunda vez. Hasta luego.

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Inventario de mi barrio (10) – Juegos y distracciones

Me es inevitable pensar en mi barrio como un espacio de juego. O como el espacio de los juegos. Porque el barrio parece simple y hasta sórdido, pero cuando éramos chicos teníamos imaginación o simplemente ganas de jugar y siempre encontrábamos algo para no aburrirnos.

De los juegos predilectos que teníamos, el que siempre convocaba más gente era la escondida. Algunas veces hemos llegado a ser diez o más. Recuerdo que siempre hacíamos una delimitación del espacio de la cuadra para escondernos (no pasar de la esquina), con lo cual la habilidad para ocultarse tenía que ser creciente: inevitablemente los escondites se iban repitiendo y había que reinventarlos o buscar nuevos. Con los chicos teníamos una táctica: supongamos que el que contaba ya había descubierto a un par, entonces venía uno a la piedra y hacía que picaba (lo que requería gran destreza y dotes actorales, porque había que correr y  poner la palma abierta lo más cerca posible de la pared para que el otro no se diera cuenta del engaño), entonces se dejaba terminar el juego y se observaba si se deseaba que contara al que le tocaba y se decidía si picar para todos los compas o no, convirtiéndose el que venía actuando en el juez de la partida. Alguna vez se lo habremos hecho a mi hermano más de tres veces en una tarde y terminó llorando. Después de un tiempo y de la utilización repetida de esta impostura, el que contaba ya sabía que tenía que picar igual para evitar caer en el engaño.

El otro juego relativamente multitudinario era el fútbol. Pero no era cualquier fútbol. Jugábamos en la vereda de mi casa porque ya teníamos un arco armado con el árbol y un medidor de tensión. En aquellos partidos de antología se enfrentaban el Niupy (popular nombre del equipo de los Supercampeones), nuestro equipo, contra el Antibrujas, que era el equipo de mi vecino, su hermana y unas amigas. En esos partidos desplegábamos todo nuestro poderío técnico, nuestro repertorio de “piruetas” que intentaban imitar a las de la serie y hasta habíamos desarrollado algunas propias que ahora no puedo recordar. Me acuerdo de algo muy raro que me pasaba: yo no era de pasar a muchos jugadores, así que cuando empezaba a apilar gente me empezaba a reir y terminaba por perder la pelota (los chicos llegaron a hacer chistes o ruidos graciosos para sacármela). Por lo general siempre ganábamos los partiditos porque el otro equipo tenía mayoría de mujeres, pero no nos importaba: una victoria es una victoria. Creo que alguna vez nos declaramos campeones absolutos. No recuerdo el nombre del título.

Una actividad que nos mantenía muy ocupados era el intercambio de figuritas. Ahora recuerdo unas muy berretas cuya colección consistía en completar los equipos del fútbol argentino pero con jugadores falsos: los personajes de los dibujitos (Don Gato, Spiderman, Batman y un largo etcétera). Si mal no recuerdo eran tres o cuatro por equipo y el album también tenía una canchita para jugar partidos con pelotas de papel (las figuritas tenían a los personajes de frente y de espalda para cortarlas, doblarlas y hacer que se quedaran parados). Recuerdo que el único album que llené fue uno de Rambo. Para colmo a mí Rambo mucho no me gustaba. Sin embargo mi papá me llevó a un kiosco a buscar el premio: un juego de cartas de la empresa que hacía la colección (la famosa y desaparecida Cromy) que nunca llegué a comprender del todo. Obviamente también juntamos las figuritas de Fútbol de varios años, pero en esos casos yo sólo me contentaba con armar el equipo de River.

De chicos también se nos ocurrió un par de veces hacer muñecos de fin de año. Un año hicimos una cabina de Telefónica. Otro año hicimos a algún personaje político de relevancia que no recuerdo. Los últimos dos fueron los mejores: el señor lata y el señor caja. El señor lata consistía en un cilindro rojo con cara. Recuerdo que nos costó bastante darle forma cilíndrica porque lo tuvimos que hacer con red de alambre. El señor caja tenía la misma estructura del señor lata pero sin la red de alambre:  era una base de cajones cubierta con cartón y papel engrudado. Las caras de ambos las hizo mi mamá. Fueron muñecos muy divertidos. Después ya empezamos a participar de muñecos ajenos principalmente por pereza de armar uno propio.

Ya de grandes hay cosas que claramente dejamos: por mi parte hace varios años que no hago nada por un muñeco y también que no colecciono figuritas. A las escondidas juego cuando no quiero que nadie del mundo me encuentre, en días muy particulares y escasos. Y el fútbol ya casi lo abandoné: mi falta de estado físico y mi escaso repertorio de gambetas y tiros de remate me sirve de poco para jugar con amigos que se lo toman en serio.

Inventario de mi barrio (9) – La tele

La primera tele de casa era una toda roja, de esas teles blanco y negro que le cambiabas los canales con una perillita un poco tosca. No tengo muchos recuerdos de esa tele, pero sí tengo una imágen muy vívida en la que estoy mirando los Thundercats y porque no fui al jardín. Yo era fanático de los Thundercats. Tenía todos los muñequitos. Los chiquitos, no los grandes: los muñecos chiquitos de los Thundercats eran básicamente pedazos de goma sin articulaciones. Pero con o sin articulaciones, eran los Thundercats al fin. Yo llevaba el de Leon-o para todos lados (ya de chiquito era muy obsesivo). Un día estaba en el jardín y le presté el muñequito a un compañerito. Me lo devolvió todo mordido (le había arrancado los pies, las manos y la punta del pelo). Él me dijo que no fue y a mí no me quedó mucho más por hacer…

Creo que después de la llegada de Menem mi papá compró otra tele (que todavía está en casa). Ésta ya era a color y tenía control remoto. En esa ví Los Halcones galácticos. Cada tanto enganchaba los Supercampeones, pero como yo iba al colegio a la tarde (y el programa iba una hora antes de que yo saliera) sólo podía verlos cuando faltaba o cuando salía antes. De todos modos, los capítulos me los contaba un amigo del barrio. También veía Los caballeros del Zodíaco, pero en la casa de mi abuela, porque yo no tenía cable. Llegó un momento en el que íbamos a dormir a lo de mi abuela para quedarnos mirando la tele hasta altísimas horas de la madrugada. No nos conocíamos todos los dibujitos con mi hermano, pero cuando ibamos a lo de la nona al menos sabíamos lo suficiente como para poder charlar un rato y preguntar cómo seguían las historias.

También seguíamos las Tortugas Ninjas. Era nuestra otra gran pasión. Con los chicos nos habíamos repartido los personajes para cuando jugábamos. Yo era Leonardo. También era Tom de los Supercampeones y Fénix de los Caballeros (los Caballeros del Zodíaco eran un montón, así que teníamos más de un personaje cada uno). Tuve los muñequitos de las Tortugas, aunque un amigo tenía el Tortumóvil que estaba buenísimo. Él también tenía el cubil felino. A veces, para jugar a los Thundercats o a las Tortugas Ninjas, usábamos todo el patio de mi casa. Estaba bueno eso, porque usábamos un montón de cosas para jugar. También delataba que ya estábamos grandes, porque nos procupábamos más por construir los espacios que por desarrollar una historia. A veces armábamos crossovers y terminábamos haciendo que los Halcones se juntaran con las Tortugas o los Thundercats. A los Supercampeones jugábamos pero con la pelota. Hacíamos los tiros de remate y las gambetas raras de la serie. Ahí nos dábamos cuenta de que la serie estaba bárbara pero no era fútbol.

Un día empecé a seguir Dragon Ball. La pasaban por canal 7 a la mañana en un programa. No me acuerdo el nombre, pero recuerdo que ese programa hablaba de jueguitos y antes de los cortes pasaban fragmentos de lo que después supe que eran las películas de DB. Un día estuve despotricando toda la mañana porque nunca terminó el noticiero y me interrumpieron el programa con la información de no sé qué accidente. Era el atentado a la AMIA. Pero yo no pude ver Dragon Ball, che.

Después pusieron cable en casa. Ahí me ví todos los dibujitos habidos y por haber. Sobre todo los japoneses. Y me compraba revistas, varias revistas de información. Ahora que lo pienso no tenían mucho sentido… Un día decidieron sacar el cable porque estábamos muy enviciados con la tele. Entonces nos enviciamos más con la compu.

De más grande dejé de ver tantos dibujitos. No es que no me guste la animación: siempre miro alguna película de animación y cada tanto alguna serie corta, pero en la tele no puedo. Miro mucho fútbol en la tele a color que compró aquella vez mi papá. Pero el fútbol no es el mismo que cuando yo era chico: le faltan las piruetas de los Supercampeones…

Inventario de mi barrio (8) – La librería de viejo

Entre las cosas locas que fueron apareciendo durante mucho tiempo en el barrio, una vez alguien abrió una librería de viejo. Debo haber ido no más de tres o cuatro veces. Estaba a unas cinco cuadras de casa, pero yo no podía ir solo.

Lo único que recuerdo es haberme comprado unas hisorietas de “El Fantasma que camina”. Ahora no me acuerdo si también compré unas de “Mandrake el mago” esa misma vez o fue después o nunca me compré nada de Mandrake.

Creo que también me compraron ahí un librito con historietas de “Calvin & Hobbes”. Yo las leía con muchísimo gusto, pero algunas cosas no las entendía. Después me enteré que Calvin era por el filósofo Calvino y Hobbes, bueno, por Hobbes. O no, no me compraron ese librito ahí. Pero lo tengo todavía (guardado en algún lado como un tesoro de la niñez erróneo, porque tendría que leerlo más seguido). Tiene una puntita de la tapa rota: fue una forma de castigo de mi madre (que ya entrevió, incluso en aquel momento de mi enfancia, los alcances de mi obsesividad). Creo que intenté arreglarlo con cinta pero mucho no funcionó y me terminé resignando al libro con la tapa rota.

En aquel entonces yo ya tenía algo con las librerías. Era algo medio profano, aunque yo no lo entendía así (uno distingue -cree distinguir- lo profano cuando se pone viejo). Es que a mí me gustaba ir a las librerías grandes y ponerme a leer los libritos de Astérix. Cuando fui a la librería de viejo busqué a ver si tenían alguno pero resultó que no. Por eso me tuve que conformar con leer la historieta de “El Fantasma”. Era entretenida, igual.

Un día me dejaron ir a la librería de viejo. Junté un poco de plata, no sé cuánto, y salí caminando. Fui de memoria (siempre voy de memoria a todos lados) y no me costó encontrar el lugar. La librería estaba cerrada. En su lugar había un kiosco o una peluquería, no me acuerdo miy bien. Fue una desilusión total.

Hoy sigo entrando a librerías de viejo pero lo que más me atrae es el olor como a chocolate o a tabaco de los libros usados. Las últimas veces fui directamente a las bateas de revistas usadas a ver qué historietas tenían. De Astérix, nada.

Inventario de mi barrio (7) – Perros y gatos

En el barrio las mascotas sobraron siempre. Atinar un número de ellas sería mentir descaradamente, así que sólo voy a decir que fueron muchas y, por supuesto, se fueron renovando.

Mi vecino siempre tuvo perro. Uno directamente no lo recuerdo. Después de ese que no recuerdo vino un pastor alemán que ladraba todo el tiempo. Me pude aprender el nombre: Tiber Tiburcio Pirata Segundo Robespierre, alias “Pichu”. Pirata Primero fue el anterior. Nunca me gustaron los perros y no tengo muy buenos recuerdos del Pichu. Siempre le ladraba a la gente que pasaba caminando. A veces te tomaba por sorpresa, pegabas un salto y después corrías fijándote que nadie te hubiera visto quedar como un miedoso. A veces se quedaba ladrando a la noche durante toda la madrugada y yo no podía dormir porque le contestaban todos los otros perros. Siempre me imaginé que conversaban en un todo pendenciero, porque no era un simple aullido.

Unos vecinos de en frente tenían un perrito chiquitito y negro. No lo recuerdo muy bien porque sólo le presté atención un día que lo tuve demasiado cerca como para analizarlo: yo tenía como cinco años y estaba jugando a las escondidas, me habían encontrado y estaba corriendo a la piedra para no perder. El perrito, muy hábil, me cazó al vuelo un cachete de la cola. Mi vieja estaba sin el auto y uno de los vecinos nos tuvo que llevar al veterinario medio a regañadientes. A mí me dieron una vacuna, así que no podía estar sentado. Costó volver en el auto.

Yo tuve varios gatos. Por lo menos dos se llamaron “Pancita”. El último era una máquina de hacer hijos con una gata negra que después los traía para mi casa. Era bastante normal que nos despertáramos con los maullidos agudos y cortos de unos gatitos. A nosotros nos mataban de ternura y los hubiéramos adoptado a todos, pero mi mamá siempre decía que la gata negra era una haragana y que no se dignaba a criarlos ella, así que los dejábamos donde estaban hasta que la gata se los volvía a llevar. A uno de todos los gatitos que trajo la gata negra lo terminamos cuidando por unos días. Pobrecito: una vez quiso entrar en el lavadero (lugar al que los gatos tenían prohibido entrar), mi hermano se apuró para cerrar la puerta y le agarró la cabeza. El gatito arañó el aire durante un rato hasta que se quedó ahí duro. La inocencia de la niñez: nunca me dí cuenta de que estaba viendo a un gato morirse y por lo tanto se lo conté a mi mamá como si fuera lo más natural del mundo. Mi mamá lloró durante toda la mañana y puso al gatito en una bolsa para después enterrarlo. Creo que ahora está abajo del níspero de mi patio.

Después vino una gata: Floppy. Era una gata medio loca. También se tiraba pedos. Un día estábamos viendo la tele sentados todos en el sillón y la gata, que estaba con nosotros, se tiró un pedito. Mis viejos lo retaron a mi hermano (que ya se había hecho la fama) y él se fue a la cama indignadísimo. Al rato la gata se tiró otro y mis viejos le tuvieron que pedir disculpas a mi hermano. Esa gata terminó en el campo de un conocido de mi vieja porque mi hermana estaba con un problema de alergia.

Un par de años después mi hermana se curó de su alergia y decidimos conseguir otro gato. Y un día aparecieron mi hermano y mi hermana con una gatita que les dio alguien en la plaza. Mi hermana la bautizó “Sole”. A mí no me gustaba y nunca estuve de acuerdo con que se llame así, pero no me hicieron caso. El tiempo me dio la razón porque hoy nadie usa el verdadero nombre de la gata: todos le dicen “michu”, o “puripuri”, o “gata” a secas. Mi viejo le dice “tiquitina”. Yo le digo “gata de porquería” o “porquería” a secas. A veces también cosas peores. Ella terminó siendo otra loca, pero es una gata re mansa. Ojo, de más joven se peleaba todas las noches. Yo sospecho que ganaba, porque el día que le dieron una paliza estuvo abajo de un mueble toda una mañana. Mi hermano y mi hermana ayudaron a amansarla: él la hacía girar en el piso, ella la hacía dar vueltas carnero. La gata ni se movía. Hoy le hacés cualquier cosa y la dejás acostada en cualquier lugar y se queda echada, no tiene problemas. Yo a veces la corro por el patio, pero me canso rápido. También resultó ser muy fotogénica.

Uno de los chicos tenía un perro que se llamaba Tomy, que no era salchicha pero era medio salchichón, porque era petiso, largo y gordo. Tomy era copado. Era de esos perros que no me daba miedo que anduviera paseando. No como otros que me corrían (más de una vez tuve que escaparme).

Otro de los chicos tenía una perrita chiquita y se dedicaba a espantar a los gatos que la molestaban con un rifle de aire comprimido. También bajaba palomas que se pararan en su antena de TV.

¿Adónde irán a parar las mascotas perdidas? Yo no sé. Lo único que tengo para decirle a mi vecina es que sus conejitos no se perdieron: se los comió mi gata.

Inventario de mi barrio (6) – La bici

Tuve más de una bici. Cada bici nueva vino un poco más grande. Si no me falla la memoria fueron tres.

La primera era una azul, muy chiquita. Creo que tenía un canasto blanco adelante. Con esa fue que aprendí a andar en bici. Ahora no recuerdo bien a qué edad pude andar sin las rueditas. Creo que a los cinco o seis. Mi viejo le sacó primero una ruedita, como para ir dándome confianza. Un día recuerdo que apareció decidido a que yo anduviera en la bici sin las rueditas, le sacó la ruedita que quedaba y me llevó a la vereda. Agarró la bici por el asiento y me dijo que pedaleara. Nunca me avisó que me había soltado hasta que un ratito depués me dijo “¿Ves que podías?”. Yo venía re embalado, pero cuando me dí cuenta de que estaba andando solo no me acuerdo si frené o directamente me caí al piso.

Un par de años después los chicos empezaron a cambiar las bicis y comprarse unas “mountain bikes” que estaban buenísimas, así que yo empecé a insistir hasta que para mi cumpleaños me regalaron una mountain. Tenía el cuadro pintado casi todo de naranja flúo con toques blancos y manchitas negras. El color era realmente bueno. Lo que nunca anduvo muy bien era el sistema de frenos: nunca pude hacer una coleada con esa bici. Pero andaba rápido y la usé mucho, incluso después de comprarme la bici más grande. Con esa bici quise aprender a hacer coleadas, porque uno de los chicos tenía una parecida pero de las que vienen cromadas y preparadas para hacer pruebas y andaba marcando la vereda con la cubierta todo el tiempo (hasta jugaban a cruzar marcas de cubierta entre ellos). El sistema que resultó más efectivo para hacer coleadas consistía en trabar la rueda de atrás poniendo el pie en el cuadro, casi contra el freno. Claro: no sólo se gastaban las cubiertas sino también las zuelas de las zapatillas.

Abandoné esa bici porque me quedaba chica y decidí comprarme, con plata que me regalaron después de la comunión, la última bici que tuve. Era una de las grandes, así que cuando la empecé a usar yo no llegaba al piso, pero no me importaba porque yo tenía una bici para grandes y con dieciocho cambios. A pesar de eso, hubo otra desilusión: los frenos con el sistema nuevo de balancines tampoco andaban bien y por más que mi papá los ajustó todo lo que pudo yo no podía hacer ninguna coleada. Esa bici debe haber tenido fácil ocho años de uso intenso. En una época empecé a aprender cosas de bicis con los chicos del colegio, a interiorizarme sobre marcas de cambios, de frenos o de cuadros, e incluso aprendí a ajustar los frenos yo solo y a cambiarles la palanquita para frenar. En tres años la bici había pasado de tener unas palancas de freno largas de plástico negro a tener unas cortitas y de aluminio (y también unos balancines que andaban bien). Ahí empecé a hacer coleadas. La cubierta trasera extrañamente duró muchísimo, pero igual un día la tuve que cambiar.

En ese entonces éramos más grandes y la bici era menos un juego y más un medio para movilizarnos. Ya no andábamos en bici porque sí como antes, sino que la usábamos mucho pero siempre para ir a algún lado. Creo que lo más lejos que llegué fue hasta Carrefour. O hasta la Nike Factory. No me acuerdo. Nunca me chocaron, eso sí. Los dos accidentes que tuve en la bici fueron por culpa mía. En uno iba andando por una calle muy concurrida, me agarró un ataque de pánico y quise subirme a la vereda: levanté la rueda delantera pero calculé mal y le dí al filo del cordón. Me puse la bici de sombrero y me dí un golpazo en la sien. Un amigo que iba atrás mío me dijo que salió una señora a ver qué me había pasado y yo estaba más preocupado por la bici que por mí. Y babeaba. Yo recuerdo un mareo, nada más. Después de eso tuve que cambiarle la horquilla. Varios años después yo estaba terminando el secundario y usaba la bici para ir al cole y volver a casa. Un día estaba volviendo y después de despedirme de mis amigos y acelerar un poco se partió la bendita horquilla y me fui de trompa para adelante. Me rompí una paleta. Creo que perdí el conocimiento un segundo y cuando abrí los ojos vi el pedazo de diente en la calle. Cuando mis amigos me alcanzaron y me preguntaron qué me pasó lo primero que hice fue sonreírles.

Después de ese palazo arreglé la bici pero no la usé tanto, ahora uso más el micro o el auto (hace poco, esperando un semáforo en una esquina, vi a un enano en una bici rodado veinte que no tocaba el piso con los pies).

Y la bici quedó por ahí, ocupando lugar, con las gomas desinfladas, los cables de freno cortados, los cambios rotos y la cadena salida.

Lo malo del auto es que hacer coleadas no da.

Inventario de mi barrio (5) – Los pibes de la vuelta

Hay, lógicamente, cuatro direcciones que responden a “la vuelta de casa” que resultan de la multiplicación de ambas esquinas por los dos sentidos posibles hacia los que doblar.

Para uno de los lados de 27 había unos chicos que mucho no recuerdo. Creo que un tal Rodrigo que tenía una hermana (sí, era frecuente hablar de “la hermana de Rodrigo”). La hermana de Rodrigo era como Rodrigo pero con el pelo largo: muy pálida, rubia, no recuerdo los ojos pero creo que ambos eran de esos rubios que tienen los ojos marrones, los labios finitos y rojos y el ceño siempre fruncido como si estuviera todo el tiempo enojada.

También había un par de hermanas muy bonitas (creo que una, la más linda, me gustó durante una semana o dos), pero nunca nos animamos a hablarles ni a ellas ni a la hermana de Rodrigo más que para intercambiar chistes, suspicacias y una bombucha ocasional en carnaval. Con Rodrigo la cosa creo que fue diferente porque alguna vez habremos coincidido en algún picadito y recuerdo haber tenido trato con él. No recuerdo, eso sí, cómo me trató él a mí.

Para el otro lado estaba Germán, un pibe un año menor que yo. Germán tenía un hermano con alguna clase de retraso que era más simpático que él. No me acuerdo cómo se llamaba, pero yo siempre me quedaba charlando con el hermano de Germán, y alguna vez habré jugado a algo en su garage de rejas blancas. Germán me caía decididamente mal. Los chicos se habían dado cuenta y un día metieron tanta púa entre ambos que él me toreó como por cuatro horas hasta que me calenté y lo terminé empujando al piso mientras andaba en la bici. Se pegó un porrazo tremendo. Le debe haber dolido porque yo corrí de la esquina a casa y tuve tiempo de abrir y cerrar la puerta sin que me alcance. Al día siguiente me pegó él: cross de derecha al cachete, no me dolió. Tampoco lloré. Y mis viejos no me retaron aunque se dieron cuenta de que tenía colorado.

Para ese mismo lado también estaban “El pollo” y “El enano chupatierra”. El pollo creo que era el hijo de los dueños de un almacén de por ahí cerca. “El enano chupatierra” también tenía una hermana, una concheta insoportable y asquerosa. Ahora mismo no recuerdo el nombre de ninguno de los tres. También había unos pibes más grandes que conocimos cuando abrió la canchita de paddle (a la que nosotros, por supuesto, no íbamos a jugar al paddle sino a los fichines: había un Street Fighters en el que Ryu y Ken tiraban dos hadoukens al mismo tiempo). Nunca nos llevamos demasiado con todos ellos.

Para el lado de 28 había menos gente conocida pero nos relacionamos más. De un lado no conocimos a nadie, pero del otro estaba Hernán (yo le decía “Hernano”, porque era dos años más grande que yo pero yo siempre fui más alto), que un día me prestó el Monkey Island I y las claves para poder jugarlo en la compu. Creo que a la casa de Hernano entré dos o tres veces en mi vida (y eso que fuimos amigos durante varios años). Me parece que la madre o el padre tenía algún raye particular con eso. De más grandes conocimos a Paula, al hermano y a Serruchito (por los dientes, que los tenía iguales a los de un personaje de Hijitus). Paula siempre andaba con alguna amiga así que los chicos, que eran más grandes que yo y ya andaban en la cosa del chamuyo, siempre frecuentaban esa “vuelta de casa”. Recuerdo una mancha en un pantalón de jean y uno de los chicos recibiendo una inexplicable cachetada por hacerla notar. También recuerdo haber pedaleado hasta la circunvalación para ir a la casa de otra amiga de Paula. Paula terminó con uno de los chicos. Nosotros, que éramos más pibes, siempre nos escondíamos detrás de un auto de enfrente y les tomábamos el tiempo que duraban apretando sin parar. Marcaron récords insuperables. Si pasaban de los veinte minutos los aplaudíamos o les empezábamos a gritar que aflojaran, y eso era seguido.

Paula y su hermano creo que se mudaron a Mar del Plata. A Serru cada tanto lo veo, sigue teniendo los dientes igual de grandes. A los del lado de 27 no los ví más. Al hermano de Germán me dijeron que lo mataron unos chorros.  Estaban asaltando en su casa a mano armada y el tipo bajó de su habitación con una pistola de juguete. Dos tiros, creo. A Germán y a los pibes grandes no los ví nunca más. Al pollo lo veo cuando voy al almacén, y no es muy seguido. Rodrigo, su hermana, y las dos hermanas que vivían ahí cerca desaparecieron. Se ve que se aburrieron de jugar al carnaval con nosotros.