Niktogonía (VII)

Lo cierto es (o, por lo menos, lo que los comentaristas, glosadores, exégetas y traductores dicen que es cierto) que un día la noche se cansó. Hablar ya no era algo nuevo y excitante, ya no encontraba muchas palabras que no huebieran sido dichas, incluso sentía que nombrar ya no era divertido.
Sus criaturas se habían transformado en expertas en el arte de la repetición: pensaban lo ya pensado, decían lo ya dicho, reproducían lo ya reproducido. Nada más que eso. Nada menos que eso, pensó la noche con un dejo de optimismo.
Pero también se habían vuelto violentos e intolerantes. Uno se sintió propietario de ciertas palabras y molía a golpes a quien, por ejemplo, dijera la palabra “motosierra”. Él no sabía qué era “motosierra”, pero era una palabra y era suya y la defendía castigando con la muerte a quien la usara. A la noche la afligió mucho esta situación.
Sintió algo de pena al decidir dejar de protegerlos pero al poco tiempo pensó que el día iba a ser un mejor custodio. No tomó demasiado tiempo para que las criaturas se acostumbraran a dormir de noche, a transcurrir su vida con una sombra pegada a sus pies, a los reflejos en el agua y en los filos de sus armas. Y entonces la noche se fue, volviendo sólo por obligación cada vez que sus criaturas debieran dormir, como una forma de no despegarse demasiado y no olvidarlos, sabiendo que todo, algún día, iba a tener que terminar inevitablemente.
Y cuando llegue el final, cuando el tiempo ya no corra (cuando venga “la noche de los tiempos” de la que hablan algunos profetas) será el momento del perpetuo des-decir: cuando la noche forme un habla des-diciente que haga que todo vuelva a ser nada y otra vez sea sólo ella.
Ella y el silencio.
Ella y el principio otra vez.

Niktogonía (VI)

Tiempo. Tiempo.
oh tiempo tus pirámides
perduran perennes sobre piedras paradas

Noche. Noche.
ya cantas, ya callas
ya dices lo doble y lo dable

Comienza. Termina.
la historia se sabe sida,
la noche de los tiempos empieza a terminar.

Niktogonía (V)

Con el tiempo, fueron todos los seres que se conocen (que están hechos de tiempo, de tiempo y de estrellas, que son hijas de la noche), y los seres que poblaron la tierra entretuvieron a la noche que los miraba hasta que el día la interrumpía. A la noche no le molestaban las puntuales interrupciones del día. Dicen algunos que hasta la aliviaban. Un grupo de traductores de los textos antiguos dice que al retirarse la noche, ésta se ponía a pensar y a repasar lo que le había pasado durante el ciclo reciéntemente transcurrido. Hay quienes quieren creer que la noche se retiraba a reflexionar si su tarea creadora estuvo bien, si el tiempo la perseguía demasiado y si las palabras sólo dan sentido a las palabras. Nunca nada de esto pudo comprobarse.
En el principio de los tiempos los seres sólo hacían ruido. Había ruido de día y de noche, y la noche se divertía. Pocos saben la opinión del día, porque en los momentos en que hay luz la mayoría de los seres se concentran en ellos mismos. Sólo se sabe de la existencia aquellas devotas plantas amarillas, pero ellas permanecen en un precavido silencio.

Niktogonía (IV)


Así comenzó todo menos el tiempo, que hoy fluye y se escapa y no se deja ver. El tiempo no había empezado hasta que la sombra sibilina de un árbol le dictó a la noche los “rayos rojos del sol”. Y cuando el sol fue, la noche oscura tuvo que correrse, y entonces tuvo lugar el día claro. Y con el perpetuo correrse del día y la noche apareció el tiempo, que da comienzo y fin a las vidas y las muertes de todos los seres.
En aquel entonces el tiempo era algo nuevo. Todos, incluida la noche, disfrutaban del vértigo de su curso, de las cosquillas del perdurar, del sucederse de los ratos y de los instantes y de los momentos. Tiempo después lo lamentaron todos por igual, porque comprendieron lo que era “tarde”, “vejez” y “muerte”. Pero la noche era relativamente feliz, porque su creación (o al menos lo que ella consideraba su creación) no dejaba de sorprenderla.

Niktogonía (III)

Y el juego continuó. La noche escuchaba y repetía palabras que creía encontrar en otras palabras y las cosas empezaron a ser. Hay quienes dicen que nadie le dictó, y que la noche inventó todas las palabras y todas las cosas y que ese lenguaje primigenio no se habla más entre los mortales (aunque algunos, aquellos que se dedican a escuchar los susurros de la noche, creen percibir un habla secreta apenas inteligible). Los exégetas más intrépidos dicen que la noche sólo se dedicó a traducir un lenguaje que la preexistía a ella y al silencio, otros más moderados rectifican que nada preexistía al silencio (aunque no se animan a aseverar que éste preexistía a la noche, pues las historias se retuercen, se oscurecen y callan hasta ser un murmullo tenue casi fuera del tiempo).

Niktogonía (II)

Un día el silencio le dictó al oído unas palabras, y la noche titubeó: no sabía si quebrar la absoluta quietud o no. Dudó durante mucho tiempo hasta que decidió que era hablar ahora o callar para siempre. Y dijo: “Oh tierra, tus tempranos trinos”. Y como por arte de magia (de una magia antigua, más antigua que la noche) la tierra y sus trinos fueron. Ya la noche no pudo escuchar el silencio, y tuvo miedo de que nadie más le dictara ninguna palabra, porque ese juego de decir le empezaba a gustar. Pero entre los tempranos trinos de la tierra creyó oír otras palabras que estuvo lista para repetir. “Sepulta está tu sombra, oh cielo susurrante”. Y fue el cielo, que es lo único que no tiene sombra desde ese entonces.

Niktogonía (I)

En el principio fue la noche. Y la noche, aunque joven, era sabia.

En el principio fue la noche. Y la noche era única y circundante, abarcaba todo, aunque “todo”, en el principio, fuera poco más que “nada”.

En el principio, la noche era todo lo que había y sólo quería ser sola. Pero eso fue durante un tiempo, mientras se sentía completa y escuchaba el sonido del silencio (solo interrumpido por sus pensamientos) que la entretenía.

En ese entonces –ya nadie se acuerda cuándo– la muerte no existía, pues la noche no sabía lo que era no ser y el tiempo no corría para ella ni para nadie, porque no había “nadie” y ella era la única.