Arquitectura

Antes de abandonar los límites del Imperio, el Arquitecto Real Han Yu ordenó la construción un templo en honor al Sol. “El Disco del Cielo”, les dijo a sus súbditos, “permanece inalterable. Así sucederá también con su templo”.
El Proyecto consistía en un edificio cuyos materiales fueran sustituídos con regularidad para permanecer inalterable. Y así sucedió: habiendo partido de viaje el Arquitecto comenzaron las refacciones del Templo, de modo que sus paredes siguieron blancas, su techo siguió colorado, sus ventanas siguieron cristalinas y sus fundamentos siguieron firmes. Cada dos años, el Nuevo Arquitecto ordenaba cambiar todos los ladrillos de alguna pared, y cada cuatro todas las tejas del techo. El personal de limpieza se ocupaba día y noche de eliminar toda mancha de la superficie del Edificio.
El tiempo pasó. Los mapaches cambiaron varias veces sus pieles. Los árboles de durazno alfombraron los campos con sus hojas otoño tras otoño.
Una tarde, cuando el Sol estaba acariciando el horizonte, un viejo de larga barba blanca apareció en las inmediaciones del Templo.
El Nuevo Arquitecto lo reconoció inmediatamente: “Maestro: hemos cumplido sus órdenes. El Templo del Sol sigue igual a cuando fue
terminado.”
Han Yu le obsequió una sonrisa paternal: “¿Es que acaso no lo ves? No puede estar más diferente. Fuimos unos tontos.”
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Símbolos chinos

El antiguo emperador Kei Wakashmizu fue famoso por el respeto a ultranza que tenía de los símbolos. Una cara simboliza una estrella, el kanji de “hi”, al fuego; por lo tanto el emperador estaba convencido de que las caras debían parpadear en la noche y el kanji agitarse tenuemente en las hojas de bambú donde los pinceles las asentaban.

Un día recibió a un embajador del vecino emperador Wei de la China. Respetuoso como era, Wakashimizu trató al embajador con todos los honores que correspondían a un emperador sin importarle escuchar el mensaje que éste traía.

Meses después, Wakashimizu envió un representante suyo a las tierras del emperador Wei para mantener las relaciones diplomáticas. La luna asomó su cara tantas veces que Wakashimizu perdió la cuenta, y su embajador no volvía. Finalmente, ochenta noches después, el cuerpo del embajador apareció atravesado por una katana a la altura de su plexo solar.

Los símbolos están hechos para respetarse, pensó el emperador Wakashimizu. Y cometió el seppuku.

En las últimas

La respiración se le entorpece. Está acostado de resignación y de agonía. De a poco, muy de a poco y con muchísimo esfuerzo, abre la boca. Su voz sale como un ronquido débil: “¿Si pudieras elegir tus últimas palabras, cuáles serían?”, me pregunta. La pregunta me sorprende. Tardo en responder, pero sé que cada segundo es precioso. “Elegiría una sola palabra: amigo. Para que sigas siéndolo para siempre.”

Excusas

No me fui por cobardía. Me fui por pudor o por piedad: preferí que sus seres queridos lo lloraran sin estar yo entre ellos para jactarme de su muerte. No cabe festejo en la muerte, aunque sea merecida.

Rasgos biográficos y una anécdota de Humberto J. Marazzo

Humberto J. Marazzo es escribano. Todas las mañanas toma un americano en jarrito con una medialuna dulce y un sacramento. Cree que Perón es lo mejor que le pasó a la historia argentina y espera que aparezca, tarde o temprano, su sucesor. A veces Humberto J. Marazzo juega al fútbol con sus colegas del juzgado; es un central rústico a los Schiavi, que se dedica más a raspar que a jugar. Su lema en la cancha es “Pasa la pelota o el jugador. Los dos juntos no”.
Humberto J. Marazzo no siente frío cuando lo moja la lluvia y los arcoíris le parecen la invención más estúpida de la humanidad. De chico creyó ver a Elvis haciendo pis atrás de un árbol. Nunca se recuperó.
Humberto J. Marazzo tiene una esposa, un hijo, un perro, una computadora (que no usa), una taza que lleva la inscripción “hot mama”, un vino añejo que no quiere tomarse, unas pantuflas verdes que le regaló la mamá y un libro de Narosky sosteniendo su mesita de luz.
Todos los días toma sus psicofármacos y nunca se olvida de mirar a Tinelli.
Humberto J. Marazzo no escucha rock ni cumbia ni nada que se le parezca a la música, y no le gustan las pastas rellenas porque lo descompone su consistencia.

Libros, cine, música

Libros: Humberto J. Marazzo lee a Borges y no lo entiende, pero lo lee porque debe. Leyó “El Alquimista”, “Amalia”, “Cien años de soledad”, 20 páginas de “Rayuela”, el diario Clarín del 21/4/1989, “El perfume”, “El secreto”, los libros de Pigna, los libros de Sócrates y “El Quijote”.

Música: Humberto J. Marazzo no escucha música porque perturba la higiene de su férrea lógica de pensamiento, pero si tiene que soportar algo, prefiere que sea a los Carabajal o en su defecto a Peteco (aunque los violines llegan a molestarle).

Cine: Humberto J. Marazzo no mira cine. Mira a Tinelli. Vio “Pasión de gavilanes” (la repetición vespertina de canal Magazine), vio “Padre coraje” (y le pareció que la reconstrucción histórica no estaba bien), vio “Lalola” (y no le gustó), vio diez minutos de “Peter Capusotto y sus videos” y cambió de canal (por la música estridente que pasaban), nunca pudo ver a Susana, a veces tolera a Majul, trata de seguirlo siempre al Negro Oro.

Situación de partido. Cancha de fútbol 5. El equipo de Humberto J. Marazzo empata 5 a 5 con los abogados del estudio Cubillas – Pérez – Cubillas. Quedan tres minutos de partido y el tiempo, en el fútbol 5 como en la vida, es riguroso e infalible.

Martínez y Rodriguez desperdician una jugada de gol. “Este Martínez tiene los pies redondos” piensa Humberto J. Marazzo, al tiempo que advierte que se viene el contraataque con Garrindo a la cabeza, que es joven y la lleva atada. Humberto J. Marazzo juega de último hombre, juega a ponerle el pecho a las balas. Corre a la derecha para cerrar la chance de tiro franco. Garrindo la cambia y se la da a Juárez. El “laucha” Juárez. El “laucha” Jacinto Juarez. Ese hijo de puta que por la mañana, mientras le entregaba a Humberto J. Marazzo un expediente, le dijo “Computarizámelo rapidito, Marazzo”. Y Humberto J. Marazzo sabía que era apropósito, que lo estaba jodiendo porque él nunca supo cómo prender una computadora.

El contraataque se volvió súmamente peligroso de golpe. Humberto J. Marazzo sabe que debe cortarlo, por el honor. Hace dos pasos largos y salta, la pierna arriba, el sudor cayendo, la remera flameando, las pupilas dilatadas, los dientes apretados, la sangre roja.

Aquiles y la Tortuga Ninja

-Ni lo pienses, Mike,- dijo el muchacho verde -andá a pedirle la moto a Ralph para correr con ese rubio.-

Argumento para una historia de ciencia ficción

Por alguna catástrofe todavía no descubierta, la raza humana se ha extinguido de la faz de la tierra. Sólo quedan algunos vástagos separados por muchas generaciones viviendo en un asentamiento en una galaxia cercana los cuales desconocen absolutamente todo aspecto de la cultura humana. Estos no-tan-humanos se enteran del sucedido y envían una expedición a la Tierra para aprender todo lo que ignoraron durante varios siglos sobre sus antecesores.
El protagonista de la historia es un lingüísta (o la variante correspondiente a las ciencias de los no-tan-humanos, que la consideran una rama de algo que se puede traducir como psicobiología y es casi una ciencia exacta). El lingüísta ha venido, como era de esperar, a trabajar en la reconstrucción del sistema de comunicaciones terrestre, el cual, sospecha, se irradiaba por vía de ondas sonoras. Un día los arqueólogos lo contactan porque han hecho un hallazgo que puede brindarle elementos al lingüísta para que comience su trabajo: enterrado a varios metros por debajo del suelo pero en un grado notable de conservación, encontraron varias revistas, lo cual revelaba que la comunicación terrestre también se realizaba a través de un soporte material (cosa que los no-tan-humanos ignoraban), y lo que (habían adivinado) habría sido un reproductor de sonidos portátil. Los ingenieros aseguran al lingüísta que podrán hacer funcionar el artefacto y en efecto lo logran al cabo de dos días mediante (según dicen) la energía que se libera al operar de cierta manera que el lingüista no pudo entender sobre los electrones. El protagonista siente un vago temblor en sus piernas que atribuye a la ansiedad. Va a escuchar el lenguaje de los antiguos humanos por primera vez. Sus investigaciones lo harían famoso y reconocido por todo el universo. El lingüista acciona el aparato que comienza a producir unos sonidos inextricables: varios cientos de años después de la extinción de la raza humana, el lingüista estaba escuchando el último disco de Arjona. Ahora sólo le queda ponerse a trabajar.