Lúdico intento de prosa no-saerizada

El Ancho se toma una taza de té. Tenía poca azúcar pero como andaba con poco tiempo se la mandó de un trago. “Al final, Charly tenía razón”, piensa, “la puta madre; dónde vamos a parar si el azúcar no endulza”.

Deja la taza en la mesa y escucha el tlin de la cuchara contra el borde. La mesa de madera es muy grasosa y está toda marcada, al igual que el resto de las mesas del restaurante. “La gente no las mira, pero las marcas en la mesa dicen muchas cosas, cuentan muchas historias”, suele decir el Ancho. Pero es todo mentira: a él no le importa nada leer las historias. Es un poco raro: sólo le importa terminarlas. Si fuera escritor se moriría de hambre; ¿quién leería un libro sólo de finales?

Pero volvamos, que el Ancho se nos va a escapar. Porque ya pagó, ya se puso el sobretodo gris y se fue atravesando la puerta giratoria del restaurante y ahora anda como bola sin manija por la calle.

El Ancho también suele decir que el caminante atento puede leer historias mientras anda por ahí. “Vienen”, dice, “un hombre y una mujer, ponele. Él la lleva de la mano. Ella no se resiste pero camina rezagada. Las caras y las posturas corporales nos agregan más información. Y la historia se va armando sola, para el que quiere o está atento. Como lo mío son los finales me los suelo imaginar varios años después, perseguidos o alcanzados por algo o alguien al acecho. Mis finales son bastante abruptos”.

Y entonces llega a una esquina y se para como si lo arrebatara una emoción fuerte. Un certel rojo y uno azul decoran ese momento que parecía ser uno más hasta recién.

Se mete en un negocio de ropa. La chica que atiende le pregunta qué buscaba y él le pide un sobretodo negro. “Pruébeselo” dice ella. “¿Me ayuda?” dice él. Después de que ella le saca el abrigo y lo dobla con cierta dificultad, él la abraza por la espalda impidiéndole todo movimiento y tapando su boca. La levanta del piso y la arrastra adentro del probador. “Me manda Arturo” dice él. Ella abre sus ojos aún más, como si se le fueran a romper de tan abiertos. “Me dijo que yo tenía que terminar la historia que hay entre ustedes”. Su mano derecha, antes vacía, sostiene ahora una Smith & Wesson calibre .38 con silenciador. Ella cierra los ojos cuando el círculo negro y profundo del cañón es lo único que puede ver. Y la historia termina.

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